¿Qué ocurre cuando el trabajo deja de ser reconocido como una contribución y se convierte exclusivamente en una exigencia de rendimiento?
Durante mucho tiempo, una de las preguntas más habituales al conocer a alguien fue aparentemente sencilla: «¿En qué trabajas?» No preguntábamos únicamente cómo esa persona obtenía sus ingresos. La pregunta funcionaba como una forma abreviada de aproximarnos a su identidad. «Soy médica». «Soy docente». «Soy arquitecto». «Soy comerciante». «Soy psicóloga». La profesión permitía ubicar rápidamente a una persona dentro de un mapa social. Informaba sobre su formación, su posición, sus competencias, sus vínculos, su nivel de reconocimiento y, en muchos casos, incluso sobre su supuesto valor social. En las sociedades modernas, el trabajo se convirtió progresivamente en una de las instituciones centrales alrededor de las cuales se organizó la vida adulta. No solamente estructuró la producción y la distribución de ingresos, también organizó tiempos, rutinas, relaciones sociales, proyectos, expectativas y formas de reconocimiento. La idea de este artículo puede formularse así: durante la moderni...