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Quién ocupa el vacío: infraestructura, plataformas y la crianza adolescente (Parte II)


La investigación sobre movilidad infantil independiente —la capacidad de moverse, jugar y socializar sin supervisión directa de un adulto— documenta una caída sostenida en las últimas décadas, atribuida a una combinación de dependencia del auto, urbanismo orientado al tránsito vehicular y una crianza cada vez más orientada a minimizar el riesgo. El investigador Tim Gill, autor de *Urban Playground*, lo plantea sin rodeos: las ciudades se diseñaron para adultos que se desplazan, no para chicos que necesitan encontrarse sin agenda. Si la adolescencia es, como se planteó en el texto anterior, un problema de infraestructura relacional, esta es la pregunta que sigue: cuando la plaza y la vereda dejan de cumplir esa función en muchas experiencias urbanas contemporáneas, ¿quién ocupa el lugar que dejan vacío?

Tres actores ocupan ese espacio, aunque ninguno fue diseñado para sostener el cuidado adolescente. Cada uno responde a una lógica propia, y esas lógicas no coinciden necesariamente con la del acompañamiento.

La plataforma

Cuando la vida adolescente se desplaza de la plaza a la plataforma, no se desplaza a un espacio neutro. danah boyd describe cuatro propiedades que estructuran cualquier red social —persistencia, searchability, replicabilidad y escalabilidad— y ninguna de esas propiedades responde a una lógica de cuidado. Responden a una lógica de retención de atención. La comunidad que antes encontraba un espacio físico en la plaza no se trasladó simplemente al grupo de pares: también pasó a desarrollarse dentro de interfaces diseñadas bajo una lógica diferente, orientada a la permanencia y la captación de atención. El punto ciego que describíamos en el texto anterior no solo separa al adulto del adolescente. También hay un tercer actor en el medio, con intereses propios, que no es ni el padre ni el par.

El grupo de WhatsApp de padres

Una forma mediada de comunidad sí sobrevivió: el grupo de WhatsApp del curso. Pero la investigación sobre estos grupos —y el sentido común de cualquiera que participe en uno— muestra una paradoja: son eficaces para lo logístico y frecuentemente hostiles para lo vincular. El filósofo Daniel Innerarity señala algo que aplica directamente acá: la velocidad de estos entornos comunicativos favorece la interpretación parcial y la amplificación emocional antes que la elaboración pausada. Un grupo de setenta padres que reacciona en tiempo real no reconstruye el “tercer lugar” que describíamos antes: reconstruye, más bien, una vigilancia colectiva y reactiva, que puede incluso intensificar la ansiedad parental en lugar de aliviarla. Conectividad no es lo mismo que sostén. La conectividad resuelve coordinación; el cuidado requiere elaboración. El grupo de WhatsApp resuelve el horario de la excursión; no ofrece el lugar donde un adulto puede decir en voz alta que no sabe qué hacer con su hijo.

La ciudad

El tercer actor es el menos discutido: el diseño urbano. Gill documenta que buena parte de la caída en la movilidad independiente de los chicos no responde a un cambio en su carácter, sino a un cambio en el entorno construido —calles pensadas para autos, ausencia de espacios públicos no comerciales, instituciones escolares hiperreguladas que desplazan cualquier encuentro no supervisado fuera de sus horarios. Para un adolescente de doce a dieciocho años, esto es particularmente agudo: es demasiado grande para el parque infantil y todavía no tiene acceso pleno a los espacios adultos. La adolescencia queda así suspendida entre dos mundos urbanos: ya no pertenece a los espacios diseñados para la infancia, pero todavía no tiene legitimidad plena para ocupar los espacios adultos. No es solamente una ausencia de lugares físicos; es una ausencia de reconocimiento social sobre dónde puede estar. La ciudad contemporánea no le ofrece, en general, un lugar propio.

Lo que tienen en común los tres

La plataforma, el grupo de padres y la ciudad comparten algo: ninguno fue construido pensando en sostener el cuidado adolescente, y sin embargo los tres terminan ocupando ese lugar por default. Esto cambia la pregunta con la que cerraba el texto anterior. No alcanza con preguntar qué estructuras relacionales hacen falta. Hay que preguntar, además, quién diseña las que ya existen y con qué objetivo. La plataforma la diseña una empresa que necesita tiempo de atención. El grupo de WhatsApp lo diseña, sin querer, la ansiedad colectiva de setenta familias sin reglas de uso. La ciudad la diseña, muchas veces, alguien que nunca se preguntó qué necesita un chico de catorce años que no es ni niño de plaza ni adulto de bar.

Ninguno de los tres es un villano. Ninguno es tampoco un reemplazo del cuidado que se perdió. Son, simplemente, lo que ocupa un lugar cuando nadie lo diseñó a propósito. Y ese es, probablemente, el argumento más incómodo de esta segunda parte: la privatización de la crianza adolescente no dejó un vacío. Dejó un vacío ocupado por otra cosa, y esas estructuras tienen sus propias lógicas e intereses, que no coinciden necesariamente con las necesidades del adolescente ni con las de quienes lo acompañan.

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