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¿Qué ocurre cuando el trabajo deja de ser reconocido como una contribución y se convierte exclusivamente en una exigencia de rendimiento?

Durante mucho tiempo, una de las preguntas más habituales al conocer a alguien fue aparentemente sencilla: «¿En qué trabajas?»

No preguntábamos únicamente cómo esa persona obtenía sus ingresos. La pregunta funcionaba como una forma abreviada de aproximarnos a su identidad.

«Soy médica».

«Soy docente».

«Soy arquitecto».

«Soy comerciante».

«Soy psicóloga».

La profesión permitía ubicar rápidamente a una persona dentro de un mapa social. Informaba sobre su formación, su posición, sus competencias, sus vínculos, su nivel de reconocimiento y, en muchos casos, incluso sobre su supuesto valor social.

En las sociedades modernas, el trabajo se convirtió progresivamente en una de las instituciones centrales alrededor de las cuales se organizó la vida adulta. No solamente estructuró la producción y la distribución de ingresos, también organizó tiempos, rutinas, relaciones sociales, proyectos, expectativas y formas de reconocimiento.

La idea de este artículo puede formularse así: durante la modernidad, el trabajo no solo permitió obtener ingresos, también proporcionó identidad, reconocimiento, pertenencia y una narrativa de continuidad biográfica. La transformación contemporánea de las trayectorias laborales ha debilitado esa correspondencia, generando una tensión entre la persistencia de una cultura que define a las personas por lo que hacen y un mercado laboral que ofrece trayectorias cada vez más fragmentadas. El resultado no es únicamente económico. También plantea un problema psicológico y cultural respecto de cómo construimos valor personal e identidad.

Y aquí aparece la pregunta que atraviesa todo el texto: ¿qué ocurre cuando seguimos sosteniendo una concepción de identidad construida alrededor de un modelo de trabajo que ya no describe adecuadamente la experiencia laboral contemporánea?

El trabajo como institución psicológica

Desde la psicología social y organizacional, el trabajo no puede comprenderse únicamente como una actividad destinada a obtener ingresos. La clásica formulación de Marie Jahoda sobre las funciones latentes del empleo mostró que el trabajo aporta beneficios que exceden el salario: estructura temporal, contactos sociales, objetivos colectivos, estatus e identidad, entre otros.

Esto permite comprender por qué la pérdida del empleo puede producir consecuencias que no se explican exclusivamente por la pérdida económica. Cuando alguien pierde su trabajo, puede perder simultáneamente una rutina, un grupo de pertenencia, una posición social, una fuente de reconocimiento, una narrativa sobre su propia trayectoria y una parte de la respuesta a la pregunta «¿quién soy?».

Erving Goffman ofrece una segunda clave para entender este fenómeno. En su análisis de la presentación de la persona en la vida cotidiana, la identidad no es una esencia fija que se comunica, sino una actuación que se construye y se sostiene frente a otros a través de roles sociales reconocibles. El rol laboral funciona como uno de los guiones más disponibles y socialmente legibles para esa actuación: decir «soy psicóloga» no solo informa, también posiciona a la persona dentro de un repertorio de expectativas compartidas que el interlocutor puede interpretar sin mayor esfuerzo. Cuando ese guion se vuelve inestable o múltiple, la actuación identitaria pierde parte de su legibilidad social.

El trabajo, entonces, no es solamente una actividad que una persona hace. En determinadas sociedades se convirtió también en uno de los principales escenarios donde una persona actúa y confirma quién es.

De «¿en qué trabajas?» a «¿quién eres?»

La identificación entre profesión e identidad no es necesariamente problemática. Para muchas personas, su trabajo constituye una expresión auténtica de sus intereses, capacidades y valores. Una profesión puede proporcionar sentido, pertenencia y realización.

El problema aparece cuando esa relación deja de ser una elección entre múltiples dimensiones de la identidad y se convierte en una obligación cultural. Cuando aprendemos que para presentarnos debemos decir qué hacemos. Cuando una persona desempleada siente que no sabe cómo definirse. Cuando alguien responde «no estoy trabajando» y experimenta la sensación de que, con esa frase, también está diciendo «no soy nadie».

En estos casos, el problema ya no reside exclusivamente en las condiciones laborales, sino en la centralidad psicológica que una sociedad le atribuye al trabajo.

El trabajo como fuente de reconocimiento

La teoría del reconocimiento desarrollada por Axel Honneth permite profundizar esta cuestión. El reconocimiento no constituye simplemente una gratificación externa: la relación con los demás participa en la construcción de la relación que establecemos con nosotros mismos. Honneth distingue tres esferas de reconocimiento el amor, el derecho y la solidaridad y aunque el mundo del trabajo puede atravesar las tres de distintas maneras, es en la esfera de la solidaridad donde se juega de modo más directo: allí una persona espera ver reconocidas sus capacidades particulares y su contribución concreta como valiosas para una comunidad de valores compartidos, y no simplemente como titular de derechos iguales a los de cualquier otro.

Esta distinción importa porque permite entender por qué el desempleo o la precariedad laboral no solo afectan el ingreso, sino también esta forma específica de autoestima social: la que se construye al sentir que la propia contribución particular es vista y valorada por otros.

El trabajo puede convertirse en una importante fuente de reconocimiento social, en la medida en que permite que determinadas capacidades sean consideradas valiosas, visibles y socialmente útiles. Pero esto también produce una consecuencia problemática: si determinadas formas de actividad reciben reconocimiento y otras permanecen invisibilizadas, el mercado laboral no solamente distribuye ingresos, también distribuye reconocimiento de manera desigual.

Una persona que cuida a un familiar puede realizar una actividad imprescindible y, sin embargo, no recibir el mismo reconocimiento social que quien ocupa un puesto remunerado. El problema no es simplemente económico. Es cultural: la sociedad puede terminar transmitiendo, de manera explícita o implícita, que aquello que no es remunerado tiene menos valor.

Y entonces aparece una asociación particularmente peligrosa: trabajar equivale a producir, producir equivale a aportar, y aportar equivale a valer. Cuando esa cadena se interioriza, dejar de trabajar puede sentirse como dejar de valer.

La ideología de la productividad y el sujeto de rendimiento

En las sociedades contemporáneas se ha extendido una concepción de la persona como sujeto permanentemente productivo: debe desarrollarse, capacitarse, optimizarse, generar resultados y convertir sus capacidades en valor.

Byung-Chul Han ofrece un diagnóstico particularmente incisivo de este fenómeno. Para él, la sociedad disciplinaria descrita por Foucault, organizada en torno a prohibiciones y órdenes externas, fue sucedida por una sociedad del rendimiento, en la que el sujeto ya no obedece un mandato ajeno, sino que se convierte en empresario de sí mismo. Ya no hay un capataz externo que exige producir: el propio sujeto interioriza la exigencia y se explota a sí mismo, convencido de que lo hace en nombre de su libertad y su realización personal. Esta es una distinción clave: la coerción no desaparece, se vuelve invisible porque se experimenta como autoexigencia.

Bajo esta lógica, incluso el descanso puede comenzar a justificarse mediante su utilidad: descansar para rendir mejor, desconectarse para volver a producir, cuidarse para mantener el rendimiento. El problema es que cuando la productividad se convierte en criterio de valor personal, aparece una conclusión psicológicamente peligrosa: si no produzco, valgo menos. Esta idea rara vez se presenta de manera explícita, y precisamente por eso puede ser tan poderosa: se incorpora como una norma cultural antes que como una orden reconocible.

La psicodinámica del trabajo desarrollada por Christophe Dejours permite dar un paso más y formular la pregunta en términos subjetivos: ¿qué ocurre cuando el trabajo deja de ser reconocido como una contribución y se convierte exclusivamente en una exigencia de rendimiento? Para Dejours, el reconocimiento del trabajo realizado por parte de superiores, pares o destinatarios cumple una función central en la construcción de la identidad y en la posibilidad de que el sufrimiento inherente a toda actividad laboral se transforme en placer y en sentido, y no simplemente en desgaste. Cuando ese reconocimiento se retira o se vuelve condicional a un rendimiento cada vez más exigente, el trabajo pierde su capacidad de operar como espacio de realización subjetiva y queda reducido a una prueba permanente que hay que superar, sin que superarla garantice ya ningún tipo de estabilidad simbólica.

El nuevo escenario: la transformación de las trayectorias laborales

Conviene evitar aquí una afirmación demasiado categórica. No se trata de sostener que el trabajo dejó de garantizar por completo una trayectoria vital, sino de reconocer que esa función se ha transformado y, en buena medida, debilitado.

El modelo moderno del trabajo se construyó durante décadas sobre una relativa correspondencia entre formación, profesión, empleo, ingresos y trayectoria vital. Richard Sennett describió con precisión el tipo de identidad que ese modelo hacía posible: un carácter capaz de sostenerse en el tiempo porque su historia laboral tenía continuidad narrativa, la misma empresa, el mismo oficio, un progreso legible a lo largo de los años.

El concepto que Sennett acuña para describir lo que ocurre cuando esa continuidad se pierde es especialmente relevante para este argumento: la corrosión del carácter. Sennett llama carácter a los rasgos éticos duraderos que una persona valora en sí misma y por los cuales desea ser valorada por otros la lealtad, el compromiso a largo plazo, la capacidad de perseguir metas futuras, y sostiene que el nuevo capitalismo flexible, organizado alrededor del corto plazo, la reinvención constante y la ruptura de vínculos estables con instituciones y oficios, corroe precisamente la posibilidad de sostener esos rasgos en el tiempo. No se trata solamente de que las trayectorias laborales se vuelvan más discontinuas, sino de que ese modelo flexible dificulta que la propia biografía pueda narrarse como una historia coherente, con sentido de dirección y de compromiso sostenido.

Zygmunt Bauman llamó a esta condición modernidad líquida: un estado en el que las estructuras sociales que antes proporcionaban marcos estables de referencia dejan de ser sólidas y se transforman con una velocidad mayor a la que las biografías individuales pueden asimilar. El trabajo, dentro de este diagnóstico, deja de operar como una institución fija a la cual adherirse y se convierte en una serie de episodios que el individuo debe articular por su cuenta.

Ulrich Beck aporta una tercera pieza fundamental. En su análisis de la sociedad del riesgo, Beck describe un proceso de individualización mediante el cual los riesgos que antes eran gestionados colectivamente por instituciones el Estado, el sindicato, la carrera dentro de una misma empresa pasan a ser administrados por cada persona de manera individual, incluidos los riesgos que no eligió y que responden a transformaciones estructurales. Dentro de ese proceso, Beck utiliza la noción de biografía de riesgo para señalar que las trayectorias vitales dejan de estar predefinidas por la posición social o la institución de pertenencia y se convierten en un proyecto individual expuesto a la contingencia; y la de biografía de bricolaje (o biografía de elección) para describir cómo esa trayectoria termina construyéndose con fragmentos disponibles, sin garantía de continuidad ni de coherencia previa. No se trata de una única categoría cerrada, sino de dos énfasis complementarios dentro de un mismo diagnóstico sobre la individualización.

El resultado no es simplemente que las personas cambien más de trabajo. Es que la profesión pierde parte de su capacidad para funcionar como una identidad estable. Una persona puede ser profesionalmente competente y económicamente inestable, tener múltiples actividades sin identificarse completamente con ninguna, o generar ingresos desde fuentes que no corresponden con su formación original.

Pensemos, por ejemplo, en alguien formado como diseñadora gráfica que hoy sostiene sus ingresos dando clases particulares por videollamada, vendiendo productos en una plataforma y tomando encargos de diseño de manera esporádica. Ninguna de esas tres actividades alcanza por sí sola la estabilidad necesaria para funcionar como una identidad profesional consolidada. Y sin embargo, sumadas, ocupan toda su semana. ¿Cómo respondería esa persona a la pregunta «¿en qué trabajas?»? Cualquier respuesta que dé será, al mismo tiempo, verdadera e insuficiente.

La pregunta «¿en qué trabajas?» no desaparece, pero pierde parte de su capacidad para explicar la vida de una persona.

La responsabilidad individual de gestionar la propia empleabilidad

Hay una dimensión de este proceso que merece un desarrollo propio, porque no se trata solamente de que el mercado laboral se haya vuelto más flexible o más inestable. Se trata de que esa flexibilización vino acompañada de un desplazamiento de responsabilidad.

Bajo el modelo moderno, la gestión de las trayectorias laborales la formación, la estabilidad, la previsión ante el desempleo era, al menos parcialmente, una responsabilidad compartida entre el Estado, las instituciones educativas, las empresas y los sindicatos. La racionalidad neoliberal, tal como la han descrito distintos análisis del gerencialismo contemporáneo, trasladó buena parte de esa responsabilidad al individuo. Ya no son solamente las instituciones las que deben adaptarse: es cada persona quien debe mantenerse empleable, actualizada, adaptable y competitiva, como si se tratara de una empresa unipersonal en permanente gestión de su propio capital.

Esto tiene una consecuencia psicológica directa. Si la empleabilidad, la identidad profesional y el valor personal se convierten en responsabilidades individuales, entonces las dificultades para sostenerlas también se experimentan como fallas individuales, incluso cuando responden a transformaciones estructurales que exceden ampliamente la capacidad de gestión de una sola persona. El sujeto de rendimiento del que habla Byung-Chul Han y el individuo de la biografía de riesgo que describe Beck convergen en este punto: ambos deben producir, por sus propios medios, una coherencia biográfica que las instituciones ya no les proporcionan.

El fracaso individual como interpretación de un cambio estructural

Cuando las estructuras sociales cambian, pero mantenemos explicaciones exclusivamente individuales, podemos terminar patologizando respuestas que tienen componentes sociales y económicos.

Una persona que no consigue estabilidad puede concluir: «no soy suficientemente buena», «no me esfuerzo lo suficiente», «elegí mal mi profesión», «algo estoy haciendo mal». Pero ¿qué ocurre si la dificultad no reside exclusivamente en sus decisiones, sino en que el mercado laboral ofrece menos previsibilidad, una profesión perdió capacidad adquisitiva, o los costos de vida aumentaron más rápido que los ingresos?

Entonces una experiencia estructural puede terminar siendo interpretada como una deficiencia individual. El sistema cambia, pero la persona puede terminar responsabilizándose por no conseguir vivir como si el sistema no hubiera cambiado.

De la identidad profesional a la identidad fragmentada

La transformación del trabajo también puede producir nuevas formas de identidad. En lugar de una trayectoria lineal, aparecen identidades profesionales múltiples y cambiantes. Una misma persona puede ser docente, emprendedora, cuidadora, creadora de contenido, consultora y trabajadora independiente en diferentes momentos o simultáneamente.

Esto puede ofrecer mayor libertad, pero también puede generar fragmentación. La identidad necesita continuidad narrativa: necesitamos poder mirar nuestra historia y reconocer cierta relación entre lo que fuimos, lo que somos y lo que esperamos ser. Cuando el mundo laboral se vuelve excesivamente discontinuo, esa continuidad lo que Sennett llamaba carácter resulta más difícil de sostener.

El problema no es cambiar. El problema es no poder construir una historia de continuidad a partir de tantos cambios, sin que las instituciones que antes ayudaban a construir esa continuidad estén disponibles para hacerlo.

¿Y si el problema no fuera que el trabajo perdió valor, sino que le exigimos demasiado?

Quizás sea necesario formular una pregunta todavía más incómoda. No se trata de conseguir que el trabajo vuelva a ser aquello que organizaba toda la existencia, sino de cuestionar precisamente esa expectativa.

¿Es necesario que una sola actividad proporcione simultáneamente ingresos, identidad, reconocimiento, propósito, pertenencia, autoestima y seguridad futura? Probablemente no. Sin embargo, durante mucho tiempo colocamos sobre el trabajo una cantidad extraordinaria de funciones psicológicas y sociales. Parte de la crisis contemporánea consiste, precisamente, en que el trabajo ya no puede sostener todas esas funciones al mismo tiempo, aunque la cultura de la productividad todavía espera que lo haga.

Hacia una identidad menos dependiente del mercado

Si el trabajo debilita su capacidad de ser la única respuesta posible a la pregunta «¿quién soy?», se abre la posibilidad de ampliar la concepción de identidad.

Una persona puede ser profesional y, al mismo tiempo, amiga, madre, padre, cuidadora, artista, vecina, estudiante, integrante de una comunidad, creadora, investigadora o deportista. Ninguna de esas dimensiones necesita justificar su existencia mediante productividad económica.

Esto no significa negar la importancia del trabajo, sino descentrarlo. El trabajo puede formar parte de la identidad sin convertirse en su totalidad. Puede proporcionar sentido sin ser la única fuente de sentido. Puede generar ingresos sin determinar el valor de una persona.

Una pregunta que quizás necesitamos cambiar

Durante mucho tiempo preguntamos: ¿en qué trabajas? Porque suponíamos que la respuesta nos permitiría saber quién era alguien. Quizás hoy deberíamos preguntar: ¿qué lugar ocupa el trabajo en tu vida?

La diferencia parece pequeña, pero es profunda. La primera pregunta convierte al trabajo en identidad. La segunda lo devuelve a su condición de una dimensión de la vida.

Pero hay una pregunta anterior, todavía más incómoda, que sostiene a las dos: ¿por qué seguimos aceptando que una vida necesita ser económicamente productiva para ser considerada socialmente legítima? Esa idea rara vez se formula de manera explícita, y sin embargo organiza buena parte de nuestros juicios cotidianos sobre nosotros mismos y sobre los demás. Cuestionarla no equivale a negar el valor del trabajo, sino a negarle el monopolio sobre la legitimidad de una vida.

El desafío contemporáneo

El desafío no consiste simplemente en encontrar nuevas formas de trabajar. Consiste también en aprender a vivir en una sociedad en la que trabajo, ingreso, identidad y estabilidad ya no coinciden con la nitidez que alguna vez prometieron.

Necesitamos comprender qué efectos psicológicos produce esa separación, revisar la asociación entre productividad y valor personal, reconocer el trabajo no remunerado y entender las nuevas trayectorias laborales sin convertir automáticamente su inestabilidad en fracaso individual.

Y necesitamos recuperar una idea que la lógica económica puede hacer fácilmente invisible: el valor de una vida no puede medirse exclusivamente por su rendimiento económico, ni su legitimidad social depende de que ese rendimiento sea constante y demostrable.

Quizás por eso la pregunta más interesante ya no sea «¿en qué trabajas?». Quizás sea: ¿quién eres cuando dejas de responder esa pregunta? Y, detrás de ella, una cuestión todavía más profunda: ¿qué queda de nuestra identidad, y de nuestra legitimidad como personas, cuando dejamos de medirnos por aquello que producimos?

Ahí comienza una conversación que ya no pertenece solamente al mundo del trabajo. Pertenece a la psicología, a la cultura y a la forma en que una sociedad decide qué significa ser alguien.

Referencias bibliográfica y Lecturas recomendadas 

Bauman, Z. (2000). *Liquid Modernity*. Polity Press.

Beck, U. (1998). *La sociedad del riesgo: hacia una nueva modernidad*. Paidós. (Trabajo original publicado en 1986)

Beck, U., & Beck-Gernsheim, E. (2003). *La individualización: el individualismo institucionalizado y sus consecuencias sociales y políticas*. Paidós.

Dejours, C. (2009). *Trabajo vivo. Tomo I: Sexualidad y trabajo*. Topía Editorial.

Dejours, C. (2009). *Trabajo vivo. Tomo II: Trabajo y emancipación*. Topía Editorial.

Goffman, E. (1959). *The Presentation of Self in Everyday Life*. Anchor Books.

Han, B.-C. (2012). *La sociedad del cansancio*. Herder.

Honneth, A. (1997). *La lucha por el reconocimiento: por una gramática moral de los conflictos sociales*. Crítica.

Jahoda, M. (1982). *Employment and Unemployment: A Social-Psychological Analysis*. Cambridge University Press.

Sennett, R. (2000). *La corrosión del carácter: las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo*. Anagrama.

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