
Hay una experiencia que se repite con frecuencia en el consultorio: personas adultas que llegan buscando ayuda para la ansiedad, el agotamiento o los conflictos vinculares, y que en el proceso descubren que lo que atravesaron durante décadas tenía un nombre que nunca conocieron. TDAH. Condición del espectro autista. Dificultades específicas del aprendizaje. Altas capacidades. Otras formas de funcionamiento que, hasta ese momento, no tenían un marco donde encajar.
La noticia suele generar dos reacciones simultáneas y aparentemente contradictorias: alivio y duelo.
Alivio, porque finalmente aparece un marco que permite comprender una vida entera de sentirse “distinto” sin saber exactamente por qué. Duelo, por todos los años vividos bajo la autoexigencia, la comparación y, muchas veces, la culpa por no conseguir aquello que a otros parecía resultarles más sencillo.
Qué entendemos por neurodivergencia
Neurodivergencia es un término atribuido originalmente a la socióloga de los años 90 Judy Singer. Es una descripción general no médica de las personas con variaciones en sus funciones mentales. Las condiciones neurodiversas incluyen el autismo, la dispraxia, la dislexia, la discalculia y el TDAH, entre otras.
En su tesis "Neurodiversidad: el nacimiento de una idea", Singer, a quien se le ha diagnosticado autismo, propuso que "al igual que la era posmoderna ve cómo se desvanecen todas las creencias que antes eran demasiado sólidas, incluso nuestras suposiciones más asumidas: que todos vemos, sentimos, tocamos, oímos, olemos y clasificamos la información más o menos de la misma manera (a menos que estemos visiblemente discapacitados), se están disolviendo".
Entre el 10% y el 20% de la población mundial se considera neurodivergente, según un estudio de la empresa de consultoría y auditoría Deloitte. El término reconoce el hecho de que ciertos trastornos del desarrollo son variaciones normales del cerebro. Y aunque las personas neurodivergentes pueden tener dificultades, también tienen puntos fuertes.
El término no constituye, por sí mismo, un diagnóstico clínico ni implica necesariamente enfermedad. Es un concepto amplio que busca reconocer la diversidad existente en el funcionamiento humano. Algunas de las condiciones y perfiles que suelen incluirse dentro de este marco sí cuentan con criterios diagnósticos establecidos y pueden requerir apoyos específicos.
Esta distinción no es solo semántica. Cambia la pregunta clínica de “¿qué está mal en esta persona?” a “¿cómo funciona esta persona y qué necesita para desarrollar ese funcionamiento de manera sostenible?”
Vale una precisión antes de continuar: neurodiversidad, neurodivergencia y diagnóstico clínico no son sinónimos.
La neurodiversidad es la idea general de que existe variabilidad en el funcionamiento neurológico humano. La neurodivergencia es un término paraguas cuyos límites no son completamente uniformes y cuya lista de condiciones o perfiles incluidos no es universal. El diagnóstico clínico, en cambio, corresponde a categorías concretas, definidas mediante criterios formales y establecidas a través de una evaluación profesional.
Por eso, hablar de neurodivergencia no significa convertir cualquier diferencia individual en un diagnóstico. Significa reconocer que existen distintas formas de funcionamiento y que algunas personas pueden necesitar explicaciones, apoyos o adaptaciones diferentes.
Algunos perfiles y condiciones asociados
La neurodivergencia no constituye una experiencia única. Puede expresarse de maneras muy diferentes y una misma persona puede presentar más de una condición o perfil.
TDAH: una atención que no siempre se regula voluntariamente
El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es uno de los perfiles más conocidos y, al mismo tiempo, uno de los más simplificados.
No se trata simplemente de “tener poca atención”, sino de dificultades en la regulación de la atención, las funciones ejecutivas, la actividad y la motivación. Una persona con TDAH puede experimentar grandes dificultades para iniciar o sostener tareas poco estimulantes y, en otros momentos, permanecer durante períodos prolongados intensamente concentrada en actividades que despiertan un alto nivel de interés.
Esta variabilidad puede hacer que desde fuera parezca que la persona “puede concentrarse cuando quiere”, cuando en realidad la regulación atencional no funciona de manera completamente voluntaria.
En la adultez, la hiperactividad tampoco siempre aparece como movimiento constante. Puede expresarse como inquietud interna, necesidad permanente de actividad o dificultad para “apagar” la mente. También pueden aparecer desorganización, dificultades para gestionar el tiempo, impulsividad, olvidos o una acumulación persistente de tareas administrativas pendientes.
La regulación emocional también puede constituir una dificultad relevante. La frustración, la sobrecarga o determinadas experiencias de rechazo pueden generar respuestas emocionales particularmente intensas y rápidas, aunque estos aspectos no constituyan por sí mismos criterios diagnósticos.
Autismo: diferencias en el procesamiento social y sensorial
La condición del espectro autista (TEA) puede implicar diferencias en la comunicación y la interacción social, en el procesamiento sensorial, en la forma de desarrollar intereses y en la necesidad de previsibilidad y estructuración del entorno.
Algunas personas presentan hiper o hiposensibilidad frente a sonidos, luces, texturas, olores u otros estímulos. También pueden preferir formas de comunicación más explícitas, experimentar dificultades para interpretar determinados códigos sociales implícitos o necesitar mayor anticipación frente a cambios y transiciones.
El espectro es amplio y la expresión del autismo es muy heterogénea. Una persona puede presentar características muy diferentes de otra, y aquello que resulta evidente en la infancia puede expresarse de manera mucho menos visible durante la adultez.
En algunas personas adultas, especialmente cuando sus características han pasado inadvertidas durante años, pueden desarrollarse estrategias intensas de adaptación o enmascaramiento (masking). Esto puede incluir observar y reproducir conscientemente comportamientos sociales, ensayar conversaciones, ocultar determinadas respuestas sensoriales o aprender reglas sociales de manera explícita.
Estas estrategias pueden facilitar la adaptación al entorno, pero también resultar muy demandantes cuando deben sostenerse de forma permanente.
Altas capacidades: cuando la capacidad también puede generar desajuste
Las altas capacidades intelectuales hacen referencia a un funcionamiento cognitivo situado significativamente por encima de la media en determinadas áreas. Aunque no constituyen un diagnóstico clínico y su inclusión dentro de la neurodivergencia no es universal, algunas perspectivas de la neurodiversidad las consideran un perfil neurodivergente debido a las diferencias que pueden implicar en la manera de procesar, aprender y relacionarse con el entorno.
No se trata simplemente de “ser más inteligente”. Algunas personas con altas capacidades presentan una elevada velocidad de aprendizaje, pensamiento complejo y asociativo, facilidad para detectar patrones y conexiones, intereses profundos y una necesidad intensa de estimulación intelectual.
En determinados contextos, estas características pueden convivir con aburrimiento frente a la repetición, frustración ante ritmos de aprendizaje más lentos o sensación de no encontrar pares con intereses similares.
También puede existir asincronía, es decir, un desarrollo desigual entre distintas áreas del funcionamiento. Una persona puede mostrar capacidades cognitivas muy avanzadas y, al mismo tiempo, presentar dificultades en la regulación emocional, las habilidades sociales, la organización cotidiana o la tolerancia a determinadas demandas.
Por eso, las altas capacidades no deberían representarse únicamente como un “don”. Una capacidad elevada también puede generar necesidades específicas cuando existe un desajuste entre las características de la persona y las demandas de su entorno.
Dislexia, discalculia, disgrafía y dispraxia: dificultades específicas sin reducir la capacidad global
Dentro del concepto amplio de neurodivergencia también suelen incluirse diferentes dificultades específicas del aprendizaje y del desarrollo.
La dislexia afecta determinados procesos relacionados con la lectura y la escritura; la discalculia, determinados aspectos del procesamiento numérico y matemático; la disgrafía puede comprometer la expresión escrita y determinados aspectos de la escritura; y la dispraxia puede implicar dificultades en la coordinación y planificación motora.
Estas condiciones muestran que una dificultad específica no permite inferir la capacidad intelectual global de una persona.
Es posible presentar dificultades importantes para leer, escribir, calcular u organizar determinados movimientos y, al mismo tiempo, poseer un razonamiento complejo y capacidades intelectuales plenamente desarrolladas.
En la adultez, muchas de estas dificultades llegan acompañadas de años de estrategias compensatorias. La persona puede haber aprendido a trabajar más tiempo, revisar repetidamente lo escrito, evitar determinadas tareas o desarrollar métodos propios para desenvolverse en contextos que no estaban diseñados para su forma particular de procesar la información.
Alta sensibilidad: un concepto que requiere una distinción
La alta sensibilidad, asociada al trabajo de la psicóloga Elaine Aron, se refiere a un rasgo de temperamento relacionado con una mayor profundidad en el procesamiento de determinados estímulos y experiencias.
Las personas con alta sensibilidad pueden experimentar una mayor intensidad frente a estímulos sensoriales o emocionales, necesitar períodos de recuperación después de ambientes muy estimulantes y prestar especial atención a matices del entorno.
Sin embargo, es importante diferenciarla de las condiciones clínicas mencionadas anteriormente: la alta sensibilidad no constituye un diagnóstico clínico y no existe consenso para considerarla una forma de neurodivergencia en el mismo sentido que el TDAH, el autismo o las dificultades específicas del aprendizaje.
Puede existir un solapamiento en algunas experiencias como la sobrecarga sensorial o la necesidad de períodos de recuperación, pero compartir una característica no significa que los fenómenos sean equivalentes.
Otros perfiles
El síndrome de Tourette, caracterizado por la presencia de tics motores y vocales, también suele incluirse dentro de las conversaciones sobre neurodivergencia. Su expresión es variable y va mucho más allá de los estereotipos con los que suele representarse.
También existen otros perfiles y condiciones que pueden aparecer dentro de este paraguas conceptual. Precisamente porque no existe una lista universalmente aceptada, resulta más útil comprender la neurodivergencia como una forma de reconocer la diversidad del funcionamiento neurológico que intentar establecer una clasificación cerrada.
Características que pueden aparecer
Aunque cada perfil es diferente, algunas experiencias pueden aparecer en distintas formas de neurodivergencia:
Los solapamientos: cuando los perfiles no aparecen aislados
Una de las mayores dificultades para comprender estos perfiles es asumir que cada persona debe encajar perfectamente en una única categoría.
Algunas características pueden parecer similares aunque tengan mecanismos diferentes.
Además, una misma persona puede presentar más de una condición o perfil. La coexistencia de TDAH y autismo es posible, al igual que la combinación de una condición neurodivergente con altas capacidades.
Cuando diferentes características se compensan, se ocultan o se confunden entre sí, la identificación puede retrasarse durante años.
Por eso, comprender la neurodivergencia no consiste en encontrar rápidamente una etiqueta que encaje, sino en observar el perfil completo de funcionamiento de una persona, su historia de desarrollo, sus dificultades, sus recursos y el contexto en el que vive.
Vivir sin diagnóstico: el trabajo invisible del enmascaramiento
Muchas personas adultas neurodivergentes desarrollan, sin saberlo, un sistema propio de estrategias compensatorias. En la literatura sobre autismo esto se conoce como masking o enmascaramiento: el esfuerzo activo y sostenido de ocultar o suprimir determinadas características para adaptarse al entorno.
El fenómeno puede adoptar diferentes formas según el perfil. Puede incluir ensayar mentalmente conversaciones, desarrollar rutinas rígidas para compensar dificultades de organización, apoyarse en la hiperresponsabilidad para prevenir errores, ocultar la sobrecarga sensorial o construir una versión pública de sí mismo cuidadosamente calibrada para no llamar la atención.
Estas estrategias no son simplemente una falta de autenticidad. Pueden representar una capacidad adaptativa desarrollada a lo largo del tiempo, muchas veces desde la infancia, para desenvolverse en contextos que no siempre contemplan diferentes formas de funcionamiento.
El problema es que una estrategia puede ser útil y, al mismo tiempo, tener un costo elevado.
Cuando la adaptación requiere un esfuerzo permanente, puede contribuir al agotamiento, la ansiedad, síntomas depresivos, aislamiento o una sensación persistente de estar interpretando un personaje. Por eso, el objetivo clínico no necesariamente consiste en eliminar todas las estrategias aprendidas, sino en comprender cuáles son necesarias, cuáles resultan costosas y en qué contextos la persona puede dejar de utilizarlas.
Cómo se manifiesta en la adultez
En la infancia, la neurodivergencia puede identificarse cuando se identifica a partir de señales más visibles: dificultades escolares, movimiento excesivo, intereses intensos, sensibilidad sensorial marcada, dificultades en la interacción o determinadas formas de aprendizaje.
En la adultez, estas características pueden ser más difíciles de identificar porque años de adaptación ya modificaron la forma en que se expresan hacia afuera.
Por eso, algunas personas llegan a la consulta no preguntando por una posible neurodivergencia, sino por sus consecuencias: agotamiento crónico, ansiedad, dificultades laborales, problemas de organización, conflictos vinculares, sensación de fracaso o una historia de sentirse diferentes sin comprender exactamente por qué.
Algunas manifestaciones frecuentes pueden incluir:
Qué aporta el diagnóstico
El diagnóstico no modifica por sí mismo las características de funcionamiento de una persona; lo que cambia inicialmente es el marco de interpretación disponible. Y ese cambio puede tener consecuencias concretas.
Reorganiza la narrativa personal. Muchos adultos llegan a la adultez con una autopercepción construida sobre comparaciones fallidas: “soy vago”, “soy raro”, “no me esfuerzo lo suficiente”, “algo en mí no funciona como debería”. El diagnóstico puede permitir revisar esa historia en términos de funcionamiento y necesidades, en lugar de interpretarla exclusivamente como un déficit moral o de carácter.
Puede facilitar ajustes reales. En determinados contextos laborales y educativos, identificar una condición puede permitir solicitar apoyos o adaptaciones razonables, de acuerdo con la legislación y las posibilidades de cada entorno.
Orienta el tratamiento. No es lo mismo abordar una ansiedad sin comprender los factores que la mantienen que trabajarla teniendo en cuenta, cuando corresponde, las características neurocognitivas de la persona, sus estrategias de compensación y las demandas de su entorno.
Puede reducir el costo del enmascaramiento. Saber qué se está compensando permite decidir con mayor libertad cuándo una estrategia sigue siendo útil y cuándo es posible modificarla o dejar de utilizarla.
Puede generar pertenencia. Encontrarse con otras personas que comparten experiencias similares puede producir un efecto de validación y comprensión que difícilmente se obtiene cuando la persona ha interpretado durante años sus diferencias como un defecto exclusivamente individual.
Cuando tener un nombre también implica reconstruir la propia historia
Hay una paradoja en el diagnóstico tardío que conviene nombrar.
Encontrar una explicación puede ser profundamente liberador, pero también puede empujar a releer una biografía entera exclusivamente desde esa etiqueta.
No todo lo que una persona vivió durante cuarenta años “era por” el TDAH, “era por” el autismo o puede explicarse mediante una única característica de funcionamiento. Hay historia familiar, contexto socioeconómico, experiencias vinculares, trauma, rasgos de personalidad, oportunidades, género, cultura y circunstancias particulares que también dieron forma a esa vida.
El diagnóstico debería ampliar la comprensión que una persona tiene de sí misma, no reducir su historia a una sola categoría.
Esto es especialmente importante en la adultez, porque recibir un diagnóstico puede abrir una etapa de reconstrucción biográfica: revisar experiencias escolares, vínculos, decisiones laborales, conflictos, fracasos y también capacidades que antes habían sido interpretadas de otra manera.
Pero reconstruir no significa reescribir toda la historia desde cero.
Significa incorporar una pieza nueva al relato.
Una aclaración necesaria
El diagnóstico no es un requisito para que la experiencia de una persona sea válida, ni una etiqueta que resuelve todo por sí sola.
Hay quienes optan por no buscarlo, y esa decisión también puede ser legítima. En otros casos, una evaluación profesional puede ser importante para diferenciar entre explicaciones posibles, identificar necesidades específicas y orientar intervenciones.
Lo que el proceso diagnóstico ofrece, cuando se elige transitarlo, es información: una manera más precisa de comprender por qué determinadas cosas pueden resultar especialmente difíciles, qué estrategias se han desarrollado para compensarlas y qué cambios podrían favorecer un funcionamiento más sostenible.
Al final, el objetivo no es encontrar una etiqueta que explique toda una vida.
Es contar con mejores herramientas para comprenderla y habitarla.
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