"Tú lo atrajiste": el discurso que convirtió el sufrimiento de las mujeres en su culpa
¿A quién le habla, en realidad, la industria del bienestar?
No es una pregunta retórica. Basta mirar a quién está dirigida la publicidad de un retiro espiritual, quién protagoniza los testimonios de una app de manifestación, quién compra los cursos de "alta vibración": el lenguaje del bienestar contemporáneo tiene una destinataria predominantemente femenina. Y eso no es un detalle de marketing sin consecuencias. Es, en sí mismo, el objeto que conviene analizar.
El repertorio: elígete, créala, atráela
Estas frases comparten una estructura: presentan a la mujer como responsable privilegiada —y, en sus versiones más extremas, prácticamente total— de lo que le sucede. No importa si lo que le sucedió fue perder un trabajo en un contexto de crisis, sostener sola una crianza sin red de apoyo, o permanecer en un vínculo violento por razones económicas que no eligió. La fórmula no distingue. Todo entra en la misma causalidad: si te pasó, es porque de algún modo lo permitiste, lo atrajiste o no estabas alineada para evitarlo.
"Elígete a ti misma." "Tú creas tu realidad." "Si eso te pasó, fue porque tú lo generaste." "El universo te está dando exactamente lo que necesitas para crecer."
El efecto de esa fórmula, aplicada sobre un contexto real, tiene un nombre preciso: culpa. No la culpa que puede movilizar un cambio posible, sino una culpa que se instala exactamente donde no hay margen de acción —porque el contexto no lo permite—, y que por lo tanto no tiene salida productiva. La persona queda con el malestar original más uno nuevo: el de creer que ese malestar es, además, una falla personal.
Por qué esto no es simple ingenuidad
Es tentador leer estas frases como una moda pasajera, o como el error de una autoayuda mal informada. Pero conviene preguntarse qué función cumplen, no solo qué dicen. El concepto de sexismo benevolente, desarrollado por Peter Glick y Susan Fiske, permite pensar una dimensión de este fenómeno: esa forma de control que no se presenta como hostilidad sino como adoración, protección o buenos deseos, y que precisamente por eso resulta más difícil de nombrar y de resistir.
"Mereces todo lo bueno." "Eres una diosa." "El universo te ama."
No suenan a orden ni a restricción. Suenan a cariño. Pero organizan, con la misma eficacia que un mandato explícito, qué actitud se espera de una mujer frente a la adversidad: gratitud, apertura, buena vibra, nunca queja, nunca señalamiento de lo que falla afuera.
Rosalind Gill documentó algo complementario al estudiar la cultura mediática postfeminista: un desplazamiento donde el empoderamiento deja de nombrar una reivindicación colectiva sobre condiciones materiales, y pasa a significar, casi exclusivamente, trabajo sobre uno mismo —la actitud correcta, el cuerpo correcto, la mentalidad correcta—. Bajo esa redefinición, una mujer puede sentirse absolutamente protagonista de su vida en el discurso, mientras las condiciones estructurales que efectivamente la limitan permanecen intactas y, encima, fuera de discusión.
Lo que ese lenguaje saca de la escena
Esto no golpea parejo. La industria del bienestar se dirige, de manera desproporcionada, a mujeres que sostienen trabajo de cuidado no remunerado, que atraviesan sobrecarga doméstica, precariedad laboral o violencia en sus vínculos —condiciones que Silvia Federici describió como parte de una organización social del trabajo reproductivo que necesita, para sostenerse, que ese trabajo permanezca invisible—. Cuando esas condiciones se traducen en "bloqueos energéticos" o en falta de "alineación", no se está nombrando mejor el problema: se lo está sacando de la escena. Nancy Fraser llamó a esto, en otro registro, una crisis de los cuidados que el propio sistema económico produce, y que el discurso terapéutico individual, cuando reemplaza cualquier lectura estructural, contribuye a mantener fuera de la conversación.
Hay, además, una dimensión epistémica que Miranda Fricker ayuda a nombrar con precisión: cuando el malestar de alguien se interpreta como "baja vibración" o "energía negativa", no solo se lo trata mal —se descalifica, de entrada, su capacidad de dar testimonio confiable sobre lo que le está pasando—. Esa persona deja de ser alguien que puede describir con autoridad las condiciones reales de su vida, para pasar a ser alguien cuya lectura de esas condiciones es, en sí misma, síntoma del problema. Decir "esto que vivo es injusto" se vuelve, dentro de esa lógica, la prueba de que todavía no se trabajó lo suficiente internamente. El sistema se vuelve, literalmente, imposible de nombrar desde adentro de su propio vocabulario.
Control con vocabulario de cuidado
Esto es lo que conviene señalar sin rodeos: un discurso que tiende a responsabilizar a la mujer por condiciones que no controla, que convierte cualquier señalamiento de esas condiciones en falta de trabajo espiritual, y que además envuelve todo eso en un lenguaje de amor y merecimiento, no está ofreciendo una herramienta de autonomía. Está ejerciendo una forma de poder —difusa, sin autor identificable, más difícil de resistir que una orden directa, pero poder al fin— que exige de la mujer disponibilidad emocional permanente, buena disposición constante y, sobre todo, silencio sobre lo estructural. No hace falta que exista una intención deliberada de control detrás de cada frase para que el efecto acumulado sea, exactamente, ese.
Vale una precisión antes de cerrar, porque de otro modo el argumento se presta a una lectura equivocada: el problema no es que exista una dimensión subjetiva en la experiencia del malestar, ni que trabajar sobre una misma carezca de sentido. El problema aparece cuando esa dimensión se convierte en explicación suficiente de algo que también tiene causas económicas, políticas, familiares, laborales, históricas o relacionales. Este no es, entonces, un texto contra el bienestar. Es un texto sobre lo que ocurre cuando el bienestar se convierte en una tecnología de individualización del sufrimiento.
La pregunta que queda planteada, entonces, no es si estas frases son verdaderas o falsas en algún sentido literal. Es qué hacen, sobre quién actúan con más frecuencia, y qué es lo que dejan de decirse mientras se sostiene que "todo depende de ti".
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