¿Por qué la palabra “apego” se busca tanto? Casi siempre aparece asociada a la primera infancia: cómo criar, cómo sostener, cómo construir un vínculo seguro con un bebé. Es un tema legítimo y central. Pero hay una pregunta que se hace menos veces, aunque en el consultorio aparece todo el tiempo: ¿qué pasa con ese apego después? ¿Desaparece cuando termina la infancia, o sigue trabajando en silencio en cada decisión adulta importante?
La segunda opción es la que sostiene buena parte de la teoría del apego desde que John Bowlby la formuló, y la que sigue encontrando expresión en la clínica adulta. Los vínculos tempranos no quedan simplemente archivados en el pasado. Pueden contribuir a construir modelos internos de funcionamiento: formas de esperar del otro, de interpretar el silencio, de reaccionar frente a la distancia o frente a la cercanía. Ese modelo no se apaga en la adultez. Cambia de escenario.
Dónde reaparece, sin que se lo reconozca como tal:
En una pareja, no siempre lo que se discute es lo que realmente está en juego. Alguien que necesita señales constantes de que el vínculo sigue firme, y alguien que necesita espacio para no sentir el vínculo como una exigencia, pueden estar repitiendo, sin saberlo, una escena mucho más antigua que la relación misma.
En el trabajo ocurre algo parecido, aunque se nombra distinto. La forma en que alguien responde a una crítica de un superior, la necesidad de reconocimiento constante o, en el otro extremo, la dificultad para pedir ayuda cuando algo no está saliendo bien, suelen estar relacionadas no solo con la situación laboral puntual, sino también con formas aprendidas de relacionarse con figuras de autoridad, algunas de ellas construidas tempranamente.
Y también reaparece en la crianza propia. Es frecuente que alguien llegue a terapia diciendo que no quiere repetir con sus hijos lo que vivió de chico, y descubra en el proceso que la repetición no ocurre por las palabras que elige, sino por la forma en que su cuerpo reacciona frente al llanto, al reclamo o a la necesidad de un hijo, mucho antes de que la razón pueda intervenir.
El riesgo de convertir el apego en una etiqueta…
En los últimos años, el vocabulario del apego se volvió masivo. “Soy ansioso”, “soy evitativo”, “tengo apego desorganizado” son frases que circulan con la misma liviandad que un resultado de test de personalidad. Tiene un lado positivo: nombrar algo que antes no tenía nombre alivia. Pero también tiene un límite importante, y vale la pena decirlo con claridad: un estilo de apego no es una identidad fija ni un diagnóstico que explica todo lo que a alguien le pasa.
Lo que la investigación muestra es más matizado que eso. El estilo de apego puede variar según el vínculo, según el momento vital, según lo que una persona haya podido procesar en el camino. No es una condena biográfica. Es una tendencia aprendida en un contexto determinado, y lo que se aprendió en un contexto puede revisarse en otro, incluyendo el vínculo terapéutico.
Qué cambia cuando esto se trabaja en profundidad, y no solo se nombra
Identificar un patrón de apego “tiendo a alejarme cuando algo me importa demasiado”, “necesito confirmación constante para sentirme seguro” es un primer paso valioso. Pero rara vez alcanza por sí solo. La pregunta clínicamente más relevante no es “qué estilo de apego tengo”, sino “en qué situaciones concretas de mi vida actual ese patrón está tomando decisiones por mí sin que yo lo elija”.
Ahí es donde una mirada integrativa y sistémica hace una diferencia real. No se trata de aplicarle una etiqueta a una persona y explicarle su vida entera a partir de esa etiqueta. Se trata de mirar, en el vínculo específico que trae a consulta una pareja, un hijo, un jefe, una amistad que se volvió difícil, cómo ese patrón aprendido se activa, qué lo dispara, y qué otras formas de responder son posibles una vez que el patrón deja de ser automático.
Si te reconociste en algo de esto…
No hace falta tener claro qué estilo de apego tenés, ni haber leído sobre el tema, para que esto sea relevante en tu vida. No siempre llegamos a terapia preguntándonos por nuestro apego. Muchas veces llegamos porque algo se repite y no entendemos por qué. El patrón se nota primero en sus efectos una pareja que se repite, una forma de vincularte con la autoridad que te cuesta, una reacción con tus hijos que no reconocés como propia y recién después, si hace falta, se le pone un nombre.
Una primera entrevista permite justamente eso: mirar en conjunto qué está ocurriendo en tus vínculos actuales y de dónde viene ese patrón, sin necesidad de llegar con el diagnóstico ya hecho.
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Lic. Alexandra Rovetta - Psicoterapia integrativa, sistémica y humanista

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