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Autoexigencia Por Mariola Jiménez



Maribel se mira en el espejo e intenta solucionar los estragos en su maquillaje y borrar los rastros de llanto. En el baño de al lado escucha a una compañera vomitando. Se detiene un instante y las lágrimas vuelven a sus ojos… no se lo puede permitir, todavía le queda la reunión de equipo por la tarde y tiene que defender su proyecto delante de su jefe de área. Le tiemblan las piernas pero tiene que seguir adelante con su día. La puerta del baño de al lado se abre y aparece una chica de su edad, treinta y pocos. La cara blanca y los mismos ojos de mapache. No entrecruzan sus miradas, ningún gesto de complicidad, no es un buen entorno para compartir debilidades, cualquier información puede ser usada en tu contra. Estás sola.

¬“¡No puedo más!” —piensa Maribel.

Dos días más tarde, Maribel aparece en mi consulta. Vive en una espiral de auto-exigencia y competitividad que nunca tiene final.

—Trabajo siempre más allá del límite de mis posibilidades, necesito tenerlo todo bajo control, siempre tengo la espada de Damocles de algún error que pueda aparecer y cuando consigo mis objetivos, que es lo que siempre sucede, la satisfacción me dura un segundo, a la más mínima sospecha de crítica o de discrepancia o ante la posibilidad de cualquier imprevisto, me echo a temblar. Y siento que todo lo que he conseguido no es suficiente y… todo empieza otra vez.

Las lágrimas afloran de nuevo a sus ojos y su mandíbula se tensa. ¿Por qué se exige tanto?

En Descodificación Biológica siempre buscamos la lógica del síntoma en base a los resultados que origina. En este caso, exceso de control, desconfianza, auto-exigencia e intensa desvalorización cuando no consigo los resultados o el reconocimiento esperados. Es interesante señalar que las personas que viven en estos síntomas, a menudo son personas que están capacitadas de sobra para realizar las funciones que realizan y que observan con frustración como otros, incluso menos capacitados que ellos, no sufren ni la mitad, ¿por qué?

Para comprender el mecanismo de este circuito de auto-exigencia y necesidad de control excesivo, debemos buscar en el cajón de dos vivencias traumáticas específicas: la traición y el miedo a la exclusión del clan.

En el primer caso, el haber sido traicionado y no haber revisado la experiencia, hace que la persona necesite tenerlo todo bajo control. La desconfianza se convierte en el filtro a través del cual se interpreta la realidad, debido a que el dolor primario no ha sido revisado; es por eso que seremos exigentes con nosotros mismos y con el resto. Y necesitaremos controlarlo todo y a todos. Es difícil delegar, en este caso, y la vivencia del trabajo como un espacio de colaboración, en el que se pueden poner en común los distintos talentos y cualidades, se convierte en un ámbito competitivo en el que no se puede confiar en nadie. Todo depende de mí. Éste es el caso de Javier, consultor de 34 años que fue traicionado por su compañero de carrera dejándolo fuera de un proyecto en el que habían trabajado juntos. “Desde ese momento, no he vuelto a confiar en nadie”, confiesa.

En el caso de Maribel, su conflicto es la exclusión. El miedo a ser excluida, para ser precisos. Con un padre y una madre autoritarios que valoraban por encima de todo los éxitos académicos de sus hijos, la comida que recibían en el plato cada día dependía de los logros conseguidos. Si los padres no estaban satisfechos, los pequeños se iban a la cama sin comer y sin hablar. Por ello aprendieron a cumplir.

Por ello, en el caso de Maribel, el rendimiento es la llave para permanecer dentro del grupo. Evidentemente, la experimentación, la creatividad y el derecho al error no estaban contemplados como parte de su sistema familiar y no eran permitidos, y para pertenecer al clan hay que cumplir las reglas. Y a esto se le llama amor ciego y es el que permite al niño soportar situaciones extremas dentro de su sistema familiar para evitar un mal mayor: la expulsión.

—No puede ser que esto tenga que ver con mis padres, yo ya los he comprendido y he entendido de dónde venía esa forma de tratarnos, tuvieron vidas muy duras y querían darnos una vida mejor ¬—comenta confusa.

Javier también se sorprende al encontrar el molde de la traición de su compañero, en la de su padre cuando los traicionó para irse a vivir con otra pareja cuando él tenía 8 años. Parece sorprendente, pero el rastro de las sensaciones y de las emociones asociadas permanece intacto, incluso aunque como adultos hayamos podido elaborar la experiencia hasta cierto punto y, de repente, ese sufrimiento primario y las mismas necesidades no satisfechas impresas en ese instante, emergen de nuevo, intactas.

La razón para que esto suceda así se encuentra en cómo elabora nuestro cerebro las experiencias pasadas que, debido a una gran carga de sufrimiento y falta de solución, no han sido integradas ni hemos podido extraer nada útil de ellas, por lo que regresan con el mismo formato, sirviéndonos en la vida más platos de lo mismo.

Por otra parte, cuando nos exigimos no somos el referente de la propia experiencia, sino que el referente es el otro. Por lo que la angustia de no tener el control de lo que pasa y la necesidad de aumentarlo para aminorar la misma, se intensifica; es una pescadilla que se muerde la cola, una y otra vez.

Recuperar el propio poder mediante la revisión de las traiciones y de las exclusiones dentro del clan del pasado es necesario para cambiar el patrón. Darle un nuevo sentido a la experiencia que nos permita ser el capitán de nuestro barco, soltar el amor ciego para convertirnos en la medida de nuestras experiencias, el adulto no necesita pertenecer para sobrevivir y, por último, sustituir la auto-exigencia por un valor personal y constructivo.

Por último, devolver los errores al lugar que le corresponden: las experiencias necesarias para aprender.

—Ahora comprendo, ahora todo tiene sentido —dice Maribel, con los ojos de Mapache, el rímel de nuevo corrido, pero ahora bajo unos ojos que sonríen.

Revísate.
Descodifícate.

Este artículo es parte de la Revista EDBO nº5, Edición Especial: Ámbito Profesional.

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