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Hijos convertidos en sostén de sus padres

El desarrollo de la cría humana es un camino que se dirige desde el apego inicial con su figura protectora hacia una creciente autonomía. Como asegura la teoría del apego (Attachment Theory), las madres que mantienen un contacto físico por más tiempo con su bebé en forma sensible y cariñosa, proporcionándole una base segura, no malcrían a sus hijos, como se tiende a suponer, sino que favorecen que se sientan lo suficientemente seguros como para emprender actividades exploratorias en su entorno. A diferencia de estos afortunados bebés, los que han sido tenidos por sus madres en brazos poco tiempo, de manera no cariñosa o contradictoria, son reticentes a alejarse de su base, debido a la inseguridad.
Al apego inicial del bebé o niño se va contraponiendo una fuerza que lo aparta de su figura protectora. Esa fuerza se denomina motivación exploratoria. Según Jean Piaget, la exploración y la investigación son un tipo de conducta tan diferenciado como la alimentación y el apareamiento. Las conductas exploratorias se encuentran presentes en todas las especies de aves y mamíferos, incluido el hombre. Su función es obtener información sobre el ambiente y sin duda sus lejanas raíces evolucionistas se encuentran ligadas a la necesidad de la cría de recoger información que ayude a la supervivencia. El concepto de exploración no se restringe en el bebé o niño a una deambulación ambiental, e incluye la exploración mental. Si le es posible, o sea, si las relaciones familiares no son muy patológicas, el niño puede efectuar exploraciones en su psiquismo y en el de los otros, descubriendo emociones e identificando deseos y creencias.
La motivación exploratoria se ve influida en el bebé humano por la relación con sus padres o cuidadores. En esa matriz familiar se puede promover y apoyar la autonomía del hijo, o restringirla. Veamos este último caso. En una familia patológica  una madre o padre puede convertir a su propio hijo en su figura de apego. Invierte la relación normal progenitor-hijo, exigiendo al niño que actúe como progenitor (“hijo-sostén”) mientras ella/él se convierte en hijo sostenido. El hijo pasa a ser “la madre o padre de su madre o padre”. Usualmente, este proceso suele ser inconsciente para ambos protagonistas.
Raramente la inversión es total y lo usual es que tenga lugar en términos parciales y con intensidad variable.  Mientras en la superficie el padre puede aparecer como dominante o sobreprotector, inconscientemente puede ocurrir a la inversa: se encuentra apoyado en el hijo-sostén. Esto es notorio cuando una madre propensa al pánico ante cualquier señal de peligro acude rápidamente al hijo sostén. También cuando la separación del hijo por la adolescencia o por otros factores provoca el derrumbe sorpresivo en un padre disimuladamente sostenido por la relación con un hijo-sostén.
Convertir al hijo en sostén puede ser cultivado por un padre desde la infancia debido a déficits propios o establecerse a consecuencia de sucesos traumáticos. En el primer caso, padres que han carecido de una crianza segura y que en la edad adulta no soportan la soledad y/o la separación, que sufren ataques de pánico, que tienen un equilibrio inestable, que buscan en sus hijos el amor que no tuvieron o el equilibrio en su autoestima, poseen déficits en su autonomía y necesitan un apoyo externo. En el segundo caso (no incompatible con el primero), es frecuente que la inversión sea consecuencia de una muerte significativa y no asimilada. Algunas viudas toman a un hijo como confidente, quien se ve implicado en una responsabilidad emocional que no le corresponde. La madre presiona al hijo para que ocupe un rol de compañero allí donde ella siente esa falta. Por el deseo de amor y aceptación, el pequeño acepta la intrusión en su psiquismo y la alteración de los roles. Por la misma razón, y por temor a las reacciones paternas, suele excluir de la conciencia el descontento y la hostilidad que le generan la responsabilidad impuesta, que se convierte en resentimiento inconsciente.
El padre necesitado de apoyo intentará retener o mantener cerca, física o emocionalmente, al hijo-sostén. Entre los variados métodos para llevarlo a cabo se encuentran los reproches (más o menos constantes), las culpabilizaciones y responsabilizaciones (más o menos sutiles), el control e intrusión (más o menos intensos). Estos procedimientos, indudablemente, acarrean consecuencias. El hijo/hija sostén que se aleja de los padres por alguna razón puede sufrir de “culpa de abandono”, como una madre que no atiende a un hijo a su cargo. Se pueden generar en el hijo angustias ante la intimidad emocional. El miedo a la intimidad sería el miedo al encierro en una relación donde se es “esclavo” al servicio de los deseos del otro. Puede tener lugar no sólo en el vínculo con la madre o el padre, sino en las relaciones de pareja o de amigos. La limitación de la autonomía del hijo-sostén puede dar lugar asimismo a reacciones agresivas, no siempre manifiestas. La autoafirmación agresiva suele ser una defensa del hijo para sostener la representación del sí-mismo como autónomo, frente al otro sentido como un carcelero que lo priva de ella.
* Luis J. Juri. Psicólogo y psicoanalista. Autor de Teoría del apego para psicoterapeutas, donde aborda el problema de los hijos sostén.

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