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Hijos Adolescentes por Laura Gutman



El adolescente se va dormir una noche y a la mañana siguiente se despierta con un cuerpo que no le pertenece, envuelto en sensaciones y emociones nunca antes percibidas y con toda la potencia de una flor en crecimiento. Desregulados como todos en la sociedad de consumo, los adolescentes tienen fuerza suficiente para casar rinocerontes y valentía para internarse en la selva y sortear obstáculos. Sin embargo los tenemos aferrados a pupitres, haciéndoles creer que no son capaces, que no pueden adquirir autonomía, que no son mayores de edad, que no merecen independencia y que deben de prolongar la infancia de mandatos y obediencias debidas. El cuerpo y el alma del adolescente pujan por volar lo más lejos posible del hogar  de los mayores, pero suelen quedar atrapados por las convenciones que determinan que hasta los 18 años no son capaces de conducir un auto y hasta los 21 años no están legalmente habilitados para formalizar su matrimonio. Los jóvenes sufren en síndrome del rompecabezas imposible de encastrar.

El drama de nuestros adolescentes es que apenas ayer eran niños relativamente abandonados, exigidos, batallados o descuidados. Repentinamente se encuentran con más fuerza física, mas desarrollo y sobre todo, con sentimientos independientes o incluso opuestos a los de los padres o maestros amados. Entonces se despliegan algunas escenas cruciales: los jóvenes encuentran coraje interno para desafiar a los mayores. La consecuencia de ese conflicto va a ser la expulsión – en términos emocionales- del territorio de intercambio afectivo. De ese modo actualizaremos la reiteración histórica del abandono, reflejado en el desprecio por las elecciones que el adolecente pretende desplegar. Raramente el joven o la joven amado/a por el adolescente serán aceptados en la familia. Los desafíos que elija asumir no tendrán apoyo familiar. Hasta la rebeldía será despreciada y humillada, robándole toda connotación de valentía y arrojo.

Si los adultos comprendiéramos que los seres en transición entre la infancia y la adultez necesitan regularse entre ellos, permitiríamos que se juntaran mas, convivirán mas entre pares, resolvieran más y mejor sus asuntos y sobre todo apoyaríamos que fueran calibrando armónicamente la capacidad e valerse por sí mismos. Suponer que la adolescencia es sinónimo de dolor de cabeza para los padres es una estupidez. Si han sido niños amados y acompañados sin prejuicios ni exigencias desmedidas, la adolescencia transcurrirá con separaciones saludables, cortas, aventuras acotadas y confianza establecida. Pero si quienes adolescentes hoy, ayer han sufrido el abandono emocional en cualquiera de sus formas, la confrontación hacia los adultos será dura y tenaz. Solo en esos casos sentiremos la rabia acumulada de nuestros hijos. Recién en ese momento les tendremos miedo, por primera vez. Casi tanto como el que ellos han sentido respeto a nosotros. 

Los jóvenes de hoy se caracterizan por no saber hacia dónde ir. No están movidos por grandes ideales colectivos, no encuentran a quien admirar más allá del fanatismo por algún conjunto musical o un equipo deportivo. No poseen demasiado interés en un estudio particular. No persiguen objetivos personales ni sociales. Les da lo mismo. Una cosa o la otra. Estudiar o no estudiar. Trabajar o viajar. Es posible que después de años de escolaridad o jornada completa agotados de actividades extracurriculares, sometidos a deseos paternos y abandonados en terrenos afectivos una vez que adquieren algo de libertad prefieran usarla para no saber, no sentir, no decidir, no hacer, no pensar. El impulso vital que define a cada adulto y que señala a cada individuo los caminos que vino a recorrer en esta vida, se ven desdibujados, hartos de control, abuso emocional y pretensiones absurdas.
Es en el terreno de los primeros enamoramientos que los adolescentes logran dejar a los mayores fuera del control de sus vidas. Es una puerta abierta hacia la autonomía emocional. Llamativamente aunque los jóvenes sufren se desconciertan o se hieren, raramente cuentan con los adultos para acompañarlos en el aprendizaje de los intercambios afectivos. Desde el punto de vista de los padres, no hay nada demasiado preocupante que puede sucederles porque los jóvenes no nos “dan problemas” cuando tienen novio o novia, entonces volvemos a retirarles la mirada una vez más. Solo frente al abismo del amor, del desamor, de la felicidad infinita y del desconcierto.

Fragmento extraido del libro "La familia Ilustrada" editorial Del Nuevo extremo.

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