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Espejos...

Cuando un bebé nace, una de las primeras cosas que se suele preguntar es ¿a quién se parece?... y los familiares y amigos que vienen a dar la bienvenida al recién llegado ocupan los incómodos tiempos muertos de las visitas diseccionándolo en partes con comentarios como, “tiene los ojos de su padre”, “la cara sin embargo es de la madre”, “aunque el mentón es el de su abuelo Paco”... En los próximos años de vida el niño se verá sujeto reiteradamente a comparaciones de su aspecto físico con los de sus familiares.


Damos así por supuesto que el niño, en gran medida, ha heredado su aspecto físico de los que vinieron antes, sin embargo, nos mostramos más reticentes a reconocer que su personalidad es un reflejo de los espejos en que se mira, es decir, el reflejo de sus padres, sobre todo cuando no nos gusta o nos incomoda lo que vemos.
No es extraño que unos padres traigan a su hijo a terapia desesperados por su modo de comportarse o su forma de ser: su agresividad, su excesiva docilidad, su insaciable necesidad de atención, su miedo paralizante, su incansable movimiento...su, su, su, su. Hablan de él como si fuera un ser extraño que ha venido de otro planeta y que por algún motivo que no acaban de entender, les ha tocado en suerte (o desgracia). Pareciera que alguien ajeno a la familia se hubiera metido en el cuerpo de ese niño que tanto se les parece físicamente.
Cuando empezamos a rascar, a preguntar sobre quién en la familia se comporta de forma parecida, en seguida empiezan a aparecer similitudes y el adulto comienza a comprender que el ser que tiene delante no es sino su propio reflejo.
Pero, ¿cómo se forma este reflejo? El niño nace sin un sentido del yo, lo irá construyendo a través del contacto con los demás, primero con su madre y su padre, o las figuras que hagan esta función los primeros años de su vida, y más adelante, aunque en menor medida, con otros adultos con los que se encuentre en el camino.
En este contacto, el adulto le transmitirá distintos mensajes con los que construirá una imagen de sí mismo. Estos mensajes en un primer momento serán fundamentalmente no hablados, así, si la madre del recién nacido se encuentra tensa o emocionalmente rabiosa u odiosa, el bebé, que en ese momento no posee defensa alguna y ni siquiera distingue a la madre de sí mismo, absorberá todo ese malestar y sentirá en peligro su existencia, acarreando consigo un sentido ingrato de la vida y por extensión, de sí mismo. Todo lo contrario sucederá al niño atendido por una madre relajada y en un estado vital más amable, éste percibirá el mundo como un lugar agradable y a sí mismo como un ser aceptable y valioso. Por supuesto, la vida no sucede en términos absolutos, y estas vivencias dependerán de la cantidad e intensidad de los mensajes recibidos, tanto positivos como negativos.
Más adelante cuando el niño aprende a hablar, las palabras empleadas por sus padres y otros adultos significativos para designarlo, completarán el puzzle de su persona. Estas se convertirán en etiquetas que le dirán quién y cómo es, y determinarán su autoconcepto. Pero no sólo le influirá lo que le dicen sino también cómo se lo dicen, ya que es el modo de pronunciar la palabra la que le proporciona su contenido emocional y la que le dirá si es aceptado o no, y por consiguiente, si es aceptable o no lo es.
A este juego de espejos hay que añadir la transmisión por modelaje, hago y digo lo que veo que hacen mis padres tanto cuando se dirigen directamente a mi como cuando se dirigen a los demás. En muchas ocasiones los padres predicamos una cosa mientras hacemos la contraria y nos sorprendemos al ver que nuestros hijos no hacen lo que les decimos, se nos olvida preguntarnos si nosotros hacemos lo que exigimos a nuestros hijos. Estos dobles mensajes generan mucha confusión en el niño que se encuentra en cierto modo sin salida. Ante las dos opciones se decantará con mayor probabilidad por seguir lo que hacemos, antes de lo que decimos ya que en el primer caso tiene un modelo a seguir, conoce el cómo, mientras que en el otro generalmente conoce la expectativa pero no le resulta tan familiar.
De todo esto se desprende que el origen de los problemas del niño son casi siempre sus adultos de referencia, sus creencias, actitudes, su forma de relacionarse con los demás y con el niño...es por esto que ante las dificultades de los niños es siempre conveniente mirarnos a nosotros mismos y ver en que aspectos de nuestra personalidad se están reflejando tomando así la responsabilidad de la situación.
El niño se valora a sí mismo tal y como ha sido valorado y en el futuro, en su caso, valorará a sus hijos del mismo modo. Siguiendo esta fórmula encontramos que nuestros hijos son como nosotros mismos, al igual que nosotros somos como nuestros propios padres, y ellos como los suyos que a su vez tuvieron los suyos como espejo. Es a través de la terapia que podemos romper esta cadena generando nuevos reflejos en los espejos generacionales.
Ttala Lizarraga Arteaga

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