
En las últimas décadas, el concepto de trauma ha adquirido una centralidad creciente tanto en el campo clínico como en el discurso social. Frecuentemente presentado como un fenómeno novedoso, su actual popularización suele ser interpretada como una “moda” diagnóstica. Sin embargo, esta lectura resulta reduccionista si no se considera la genealogía teórica del concepto y las transformaciones socioculturales que atraviesan al sujeto contemporáneo. El presente artículo propone un recorrido histórico–conceptual del trauma desde sus formulaciones clásicas en el psicoanálisis hasta sus desarrollos actuales en diálogo con la neurobiología y la clínica relacional, señalando los riesgos de su banalización y la necesidad de un uso ético, riguroso y contextualizado.
El término trauma ocupa hoy un lugar privilegiado en el vocabulario clínico, mediático y cotidiano. Su uso se ha expandido de manera significativa, al punto de ser empleado para nombrar experiencias de sufrimiento de diversa índole, desde acontecimientos vitales extremos hasta frustraciones relacionales o malestares existenciales. Este fenómeno ha dado lugar a críticas que lo señalan como un concepto sobredimensionado o banalizado. No obstante, considerar el trauma como una simple tendencia contemporánea desconoce su densidad teórica y su larga tradición en la historia de la psicología y el psicoanálisis.
El trauma no constituye un descubrimiento reciente. Sigmund Freud lo introduce tempranamente en Estudios sobre la histeria (1895), donde lo vincula a experiencias que no han podido ser tramitadas psíquicamente y que retornan bajo la forma de síntomas. En este primer momento, el trauma es pensado en relación con vivencias que irrumpen sin posibilidad de elaboración simbólica, dentro del marco de la entonces denominada teoría de la seducción, posteriormente revisada y reformulada por el propio Freud.
Posteriormente, Freud reformula el concepto, alejándose de una comprensión puramente factual. En Más allá del principio del placer (1920), el trauma se define por su carácter económico: se trata de una excitación que desborda la capacidad de ligadura del aparato psíquico. El acento se desplaza entonces del acontecimiento externo a la imposibilidad de simbolización, introduciendo la idea de compulsión a la repetición como núcleo del fenómeno traumático.
Esta concepción inaugura una lectura estructural del trauma que será retomada y desarrollada por diversas corrientes psicoanalíticas a lo largo del siglo XX, en particular aquellas interesadas en las fallas tempranas del vínculo, la constitución del yo y los procesos de simbolización primaria.
En las últimas décadas, el trauma ha sido reformulado a la luz de aportes provenientes de la neurobiología, la teoría del apego y la clínica del cuerpo. Autores como van der Kolk (2014), Levine (2010) y Maté (2022) han contribuido a una comprensión más amplia del fenómeno, destacando el impacto del trauma en el sistema nervioso, la regulación emocional y la memoria implícita.
Desde estas perspectivas, el trauma no se reduce a un recuerdo reprimido, sino que se inscribe en el cuerpo y en los patrones relacionales del sujeto. Esta ampliación conceptual ha permitido abordar clínicamente formas de sufrimiento que no encontraban adecuada elaboración en modelos exclusivamente verbales o interpretativos.
No obstante, esta expansión conlleva un riesgo clínico y epistemológico: la pérdida de precisión del concepto. Cuando el trauma se convierte en un significante totalizante que explica todo malestar, se debilita su valor diferencial y se dificulta la discriminación clínica entre conflicto, sufrimiento psíquico y trauma propiamente dicho.
El uso indiscriminado del término trauma, especialmente en discursos de divulgación y en redes sociales, puede generar efectos problemáticos. Entre ellos se destacan:
• La patologización de experiencias inherentes a la condición humana.
• La fijación identitaria del sujeto en la posición de víctima.
• La reducción de la complejidad psíquica a categorías explicativas simplificadas.
Desde una ética clínica, resulta fundamental distinguir entre experiencias adversas, conflictos intrapsíquicos, sufrimientos estructurales y situaciones traumáticas. No todo dolor constituye un trauma, aunque todo trauma implique una forma particular de dolor.
La centralidad actual del trauma no puede comprenderse sin atender al contexto sociocultural contemporáneo. Las sociedades actuales se caracterizan por la aceleración del tiempo, la exigencia permanente de rendimiento, la precarización de los vínculos y la erosión de los espacios colectivos de elaboración simbólica.
Este escenario produce sujetos expuestos a estados crónicos de desregulación, agotamiento y desconexión, configurando lo que diversos autores han denominado un malestar estructural del lazo social. En este sentido, el auge del discurso sobre el trauma puede leerse como un intento de dar sentido a un sufrimiento que ya no puede ser explicado exclusivamente desde la psicopatología individual.
Hablar de trauma hoy implica, por lo tanto, una dimensión política y cultural, en tanto pone en cuestión los modos de organización social que producen y sostienen determinadas formas de sufrimiento.
Consideraciones finales
El concepto de trauma conserva una potencia clínica y teórica indiscutible, siempre que sea utilizado con rigor conceptual y responsabilidad ética. Reconocer su centralidad en la clínica contemporánea no implica convertirlo en una categoría omnipresente ni en un recurso explicativo automático.
Por el contrario, se vuelve necesario sostener una lectura compleja que articule historia, singularidad subjetiva y contexto sociocultural. Solo desde esta perspectiva el trauma puede seguir siendo una herramienta válida para comprender y acompañar el sufrimiento psíquico contemporáneo sin caer en su banalización.
Referencias
Freud, S. (1920). Más allá del principio del placer. Buenos Aires: Amorrortu.
Levine, P. (2010). En una voz no hablada. Santiago de Chile: Cuatro Vientos.
van der Kolk, B. (2014). El cuerpo lleva la cuenta. Barcelona: Eleftheria.
Maté, G. (2022). El mito de la normalidad. Barcelona: Urano.
Freud, S., & Breuer, J. (1895). Estudios sobre la histeria. Buenos Aires: Amorrortu.