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Autoestima, Confianza y Niños Invisibles



Algunas culturas tienen la idea de que el uso frecuente de felicitaciones o de expresiones enfáticas pueden favorecer un aumento de la autoestima. Pero expresiones como “genial”, “fantástico”, etc en muchos casos sólo generan egos inflados que se desinflan con el más mínimo esfuerzo, con el consiguiente desconcierto de padres y educadores.

La autoestima es el conocimiento y la experiencia de aquello que somos. Se refiere a cuánto conocemos de nosotros mismos y cómo consideramos lo que sabemos. Es una cualidad existencial. Es parte fundamenta de nuestra existencia psicológica y determina radicalmente nuestra vida. Puede aumentar o disminuir tanto en calidad como en cantidad. La confianza en sí mismo es lo que pensamos que somos capaces de hacer, de cuánto hábiles o torpes pensamos ser. La confianza en sí mismo es más bien una cualidad externa, adquirida. Una baja autoestima se manifiesta de muchas maneras: miedo a fracasar, a vivir, ser pomposo, insatisfecho, sin límites, autoanulado, con sentimiento de culpa, adicto a sustancias tóxicas, de comportamiento violento, etc. Sin embargo, la falta de confianza en sí mismo no es tan problemática, es más bien un problema pedagógico que psicológico. Aumenta con la consecución de resultados.

La autoestima viene alimentada por dos fuentes distintas: cuando una persona importante para nosotros nos ve y nos identifica por lo que somos, y la otra cuando sentimos ser reconocidos y apreciados por lo que somos.

Los niños consiguen adquirir un lenguaje personal sólo si los padres se esfuerzan en estudiarlos y en interpretar sus expresiones y sentimientos. Es decir, necesitan “ser vistos” antes de aprender a expresar su personalidad con palabras. Es importante desarrollar un lenguaje personal porque sin poder expresarse en términos personales se hace difícil comprender quiénes somos y para los demás resulta difícil relacionarse con nosotros. La autoestima de los niños se fundamenta en cuánto ellos perciben ser un valor para la vida de sus padres. Cuanto más nos den, más sana es nuestra autoestima. Los niños, además, nos obligan a afrontar conflictos existenciales sólo por el mero hecho de existir. Nos inducen a pensar en nuestros comportamientos destructivos, nos llevan al límite y nos hacen dudar de nuestras capacidades. Desenmascaran nuestros intentos pedagógicos de manipulación e insisten en nuestra presencia. Se ofenden rechazando nuestros consejos y nuestra guía. Afirman con orgullo su derecho a ser diferentes.

Hijos invisibles.

Son aquellos niños que jamás “son vistos” por aquello que son y por lo que sienten. No “son vistos”, sólo “son mirados”. Frecuentemente se cometen dos errores: o sólo se concentran en la superficie del niño, o se recurre a intervenciones psicológicas demasiado simples y a explicaciones que sólo empeoran el problema de fondo.

Una manera más difícil, pero más eficaz, de tratar el problema sería ayudar a recuperar la parte más sana de su personalidad y que retornen a la familia en la que no se estaban sintiendo bienvenidos. No tratar de combatir o eliminar la parte insana con motivaciones, fuerza o críticas. Así se rechaza la parte insana de su personalidad sin lograr que emerja la parte sana.

Los niños pasan a ser invisibles en la familia cuando se les asigna un rol particular: la princesa de papá, el bufón, el pequeño genio, etc.

Extraído de entribu.wordpress.com

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