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PAZ Y CRIANZA: ¿dónde nace la violencia?



¿Es la crianza actual pacíficaLa respuesta es tristemente NO, porque a las trágicas cifras de violencia física-visible contra los niños (del 16% al 63% según los países) que ocurren en el 90% de los casos dentro del propio núcleo familiar, hay que sumarle la violencia invisible-emocional fruto de una crianza de desapego: de pocos brazos, independencia precoz, dejar llorar a los bebés, separaciones tempranas de la madre, largas horas de guardería incluso a edades de gestación exógena (menos de 1 año) y sobre todo, primacía de la falacia del tiempo de calidad escaso.

“Debería llamarnos la atención que el recrudecimiento de la violencia en nuestra sociedad ha ido acompañado de un mayor alejamiento en la relación padres-hijos, el que se enseña desde la cuna misma, cuando dejamos a nuestros hijos llorar por la noche”
Criando con amor

Muchos niños modernos están hiper-estimulados con elementos externos y materiales, pero emocionalmente abandonados. De hecho 1 de cada 4 niños españoles se siente solo y algunos autores como Carlos González afirman que los “chavales de hoy son los que menos cariño reciben de toda la historia”.

¿Y cómo influye la crianza en un comportamiento agresivo o amoroso?

James Prescott, ex director del Instituto Nacional de la Salud y el Desarrollo Infantiles de EEUU, lleva años persiguiendo el origen neuronal de la violencia humana y explica que tras el nacimiento, con el cerebro en pleno desarrollo, las experiencias modelan aún más la arquitectura neuronal y la personalidad del adulto, y que la violencia está íntimamente relacionada con los circuitos cerebrales del placer.

Las bases fundamentales para el placer se adquieren a través del contacto físico y emocional con la madre, la primera fuente de amor. En esos primeros momentos se produce una asociación o disociación neuronal que quedará registrada en los circuitos que gestionan el bienestar y el dolor.

“Cuando no se toca y no se rodea de afecto a los niños, los sistemas cerebrales del placer no se desarrollan. La consecuencia de ello son unos individuos y una cultura basados en el egocentrismo, la violencia y el autoritarismo”
James Prescott

Prescott estudió las costumbres relativas al contacto madre-hijo de 49 tribus de todo el mundo y estas fueron las conclusiones: los grupos poco afectivos con sus niños, y con muy poco contacto piel a piel, presentaron altos niveles de violencia en la edad adulta. Sin embargo, la agresividad era casi nula entre los pueblos que mantienen un contacto muy estrecho con sus hijos.

Esto mismo lo corrobora Louis Cozolino, autor de “The neuroscience of human relationships” explicando que “cuando no hay mucho contacto o existe una falta de cuidados, es más probable que el cerebro desarrolle un sistema dirigido fundamentalmente por la adrenalina. Esto dará lugar a un tipo más violento, más agitado. Algo que tiene sentido desde un punto de vista evolutivo. Cuanto menos protegido esté un niño por sus padres, más agresivo tiene que ser para sobrevivir”.

La ecuación contraria es igualmente válida. En un entorno de afecto, contacto y amor se activan los circuitos neuronales de la serotonina, un neurotransmisor del bienestar.

Y esto es aplicable a todos los lugares del planeta, también a los padres occidentales modernos.


Michel Odent, importantísimo obstetra francés, asegura que la primera hora después del nacimiento es clave para que la biología y la psique reciban una impronta básica contra la violencia por la descarga masiva de la hormona del amor (oxitocina), que se genera en el momento del parto. Ésta desencadena la respuesta maternal y favorece la creación de un fuerte lazo entre madre e hijo.

Y Eduardo Punset en el documental sobre cerebro del bebé demuestra los efectos neuronales de dejar llorar a los bebés con un exceso de cortisol perjudicial que el cuerpo no puede asimilar.

Por tanto, ¿qué debemos hacer si queremos paz de verdad en nuestra sociedad?

Concebir a nuestros hijos con amor y responsabilidad
Tener embarazos conscientes, sin estrés, sin miedos y vinculándonos con el bebé porque está demostrando la importancia neonatal en la personalidad posterior
Acceder al parto como mujeres maduras y bien informadas sobre nuestra naturaleza y nuestra capacidad de parir y, si la salud nos acompaña, tener un parto lo más respetado posible. No formar parte voluntariamente del desastre de parir en el mundo
No permitir que separen a nuestro bebé después del parto sin una razón de peso
Ejercer de mamíferas con lactancia materna prolongada
Llevar a nuestros hijos en brazos sin complejos
Colechar si queremos
No dejarles llorar
Respetar el ritmo evolutivo de los bebés en todos los aspectos, sin acelerar ni forzar
Criar con vínculo y contacto físico
Dejar que nuestros niños sean niños y vivan su etapa de dependencia cubriendo totalmente sus necesidades físicas, emocionales y espirituales, de día y de noche para que algún día alcancen la independencia sana por maduración personal
Dejar el bebé al cuidado de mínimo otra persona adulta (“se necesita una aldea para cuidar un niño”) en nuestras ausencias para trabajar u otras tareas
Dedicar tiempo a nuestros hijos en CANTIDAD y de calidad
Tener siempre presente que los primeros años de vida de nuestros hijos influyen pero no determinan, si no podemos cumplir los anteriores requisitos, nunca es tarde para subirnos al tren de la crianza natural
“La transformación de una cultura violenta en una de paz comienza por el individuo que en la infancia es colocado en un camino de aceptación en vez de en otro de rechazo”.
James Prescott

Si los padres hacemos nuestros deberes y sembramos la paz en nuestros hijos, la escuela solo tendrá que regarla, pero poco germinará en una tierra yerma.

Somos mamíferos, no podemos criar como reptiles sin sufrir las consecuencias.

Extraído de elblogalternativo.com

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